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1.4. Trabajos Realizados
Lugar: Contraban 2 (comidas rápidas)
Una chapa nos separa del cielo, una lona semitransparente del camino de los estudiantes que en su mayoría salen de la facultad. Detrás de la barra, el dueño del local y su empleado trabajan de buena gana en su actividad esencialmente freidora. Con tiza, el cartel indica los precios y el menú, habitualmente leídos en ese orden. No soy la excepción y pido un 2.50 bife de chorizo y un 0.70 vaso de gaseosa. Ya me puedo sentar.
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Al momento de decidir qué lugar visitar para hacer este ejercicio, no dudé en elegir la Terminal de ómnibus de Rosario, ya que para mi es una especie de territorio neutro, liberado para este tipo de reflexión. Cada vez que la visito, me invaden constantemente los mismos pensamientos. La inevitabilidad de tratar de pensar lo que el otro está pensando, esa absurda pretensión de querer conocer el mundo íntimo de cada uno de los que estamos de paso, o no, en este espacio. Llegar a la puerta principal y antes de entrar, ser recibido por los vendedores que habitan ese pequeño lugarcito como su puesto de trabajo; una vez dentro, la sensación que me recorre el cuerpo al observar -casi desde un lugar de niño- la inmensidad de la Terminal, es asombrosa, ya que me surge una y otra vez que la visito. No se porqué será, ya que al momento de visitar otras zonas monumentales, como por ejemplo un shopping, no siento lo mismo. Es que la Terminal tiene ese encanto especial de ser un puerto de realidades, un claro ejemplo de un no lugar dónde casi todos están de paso.
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Perdida. Sin orientación espacial. Doy los primeros pasos, intentando seguir la dirección a cargo de mi compañera Melisa. De a poco me dejo llevar por esta experiencia nueva. Me involucro, decididamente.
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“Vos por que no sabes lo que es la guera nena!”. La escucho a mi bisabuela Catalina, diciéndomelo cada vez que yo preguntaba porque se comía hasta el último pedacito de lo que quedara en la fuente. Miedos, temores, hambre que ellos traían por huir de la guerra y hoy resuenan en mí.
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Ahí estábamos todos juntos pensado que hacer el sábado por la noche. Nadie decía nada pero en el fondo todos sabíamos cual era el destino para esa reunión.
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Por mirar de reojo, choco contra los postes.
Por pensar en lo que no hice, no termino lo que empecé.
Por no empezar lo que quiero hacer, vivo enojada con las circunstancias.
Por enojarme, golpeo árboles hasta que los puños sangren.
Por intentar de dejar de sangrar, me escondo.
Por esconderme, tengo miedo o vergüenza, ya no sé...
Por vergüenza, no canto, ni susurro, ni toco, ni huelo, ni escucho.
Por no sentir mi alrededor, me pierdo en la quinta pata del gato.
Mi excusa es ser una veterinaria frustrada... por voluntad.
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lla es María Emilia. ¿La ven? Está sentada delante de mí. ¿La ubicaron? Su nombre completo es María Emilia Gutiérrez. Tiene 22 años. Hija de Juan Carlos y Cecilia. La menor de tres hermanas. Nació en Vicente López, provincia de Buenos Aires. Es bailarina clásica, forma parte del Ballet estable del Teatro Colón. Y además, es profesora de danzas en el Teatro El Círculo, de la ciudad de Rosario. ¿Quieren saber cómo María Emilia comenzó a incursionar en el mundo de la danza clásica?
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Pensaba… pensaba…
Trataba de recordar una imagen; imágenes; muchas…o sólo alguna que sirviera de disparador para mi escrito…No la encontré.
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La espera es larga. Hasta que el del quince se decida a bajar, los números no se mueven. Quietos. En rojo. De pronto, se mueven. Pude que nadie venga o puede que, de lo contrario, otro que no sea yo abra la puerta. Piso trece, el de la mala suerte para muchos o el de la buena para otros. Piso doce, el jugador de básquet que elijo siempre. También el doce es un número particular: las doce del mediodía, las doce de la noche, doce meses tiene el año, doce veces gira la luna alrededor de la tierra, doce horas diurnas y doce horas nocturnas. De pronto, la luz indica el décimo. Piso diez, número diez. Fútbol, el excelente que roba sonrisas a más de un estudiante, el número que indica lo perfecto (¿?), el famoso “-¡Está de diez!”. Rojo sobre el siete; numero de pecados pecadores, los días de la semana, el numero de colores del arco iris, las maravillas del mundo. Hasta siete son las cortas vidas de un pobre gato. Al piso tres llegó muy rápido, y el “no hay dos sin tres” aparece. También “la tercera es la vencida”, y el tantas veces nombrado “a la una, a las dos y a las ¡tres!”.
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Eran las nueve y doce horas del último martes de junio. El perro que cada mañana puede verse en la plaza Pringles se paseaba con su ropaje harapiento que suelen improvisarle aquellos señores de overol azul, encargados del mantenimiento del espacio público circunscrito por las calles Paraguay, Córdoba, Presidente Roca y el pasaje Alvarez.
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Entre las 8 y las 8.30 de la mañana, se produce un hecho en mi vida , que según dicen nuestros abuelos es la ingesta mas importante del día, ir a desayunar a "La biela", bar ubicado en la esquina mi trabajo, este pequeño "antro" llamado asi cariñosamente, me acobija todos los días, y todavía no se que es lo que me atrae si su gente, su café cortado –bastante quemado-, el mal humor de su dueño Ricardo -según los días- el ida y vuelta de sus mozos que se quejan constantemente de su salario, pero cuando su dueño aparece sonrisas y alegria para todo el mundo.
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¿Hacia donde me llevará esto? Fue lo que me cuestioné al ver la callejuela empedrada que se elevaba lentamente, pareciendo conducir a ningún lugar y al mismo tiempo hacia todas las puertas del mundo. Mi cuerpo sediento de nuevas historias, cual Indiana Jones, se sumergió en el callejón colonial, pero temía a encandilarme demasiado y no querer marcharme, sabía que no sería posible.
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Un lugar. Ese lugar. Lugar por el que paso todos o casi todos los días. Lugar común. Lugar que con el tiempo no se modifica. Lugar que es cambiado con el accionar de la gente. A veces lugar lleno, pero más tiempo pasa solo que acompañado. Un lugar solitario. Lugar simple y lugar complejo. Para algunos, lugar importante. Para otros, lugar de paso. Un lugar lleno de historias y de encuentros. Un lugar recordado. Un lugar o un no-lugar. Hoy mi lugar.
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Estaba sentado en un rincón. Apoyada la espalda contra la pared. La cabeza gacha, las piernas semi-flexionadas, y los brazos cruzados en jarra sobre las rodillas. Miraba hacia abajo, como una hojita era movida por el piso por una leve brisa.
Esa hoja seguramente había pertenecido al ficus que se encontraba muy cerca de allí. Antes era parte de una gran familia de hojas, pero ahora era una huérfana. Naufragando sobre un mar de azulejos, llevada hacia una costa lejana y perdida, sin saber lo que le deparaba el destino. Así se sentía él, allí sentado era una hoja, esperando que un viento fuerte lo arrancara de su posición.
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Mi infancia. Mi querida y añorada infancia. No sé por qué soy tan nostálgica de esos años. Pero la huella que dejaron en mi es tan profunda que muchas veces tengo el deseo de volver a ser chica otra vez. Tal vez también sea por ese miedo a crecer que siempre tuve. Será un mal de la época que hace recordar el tiempo pasado como un tiempo eternamente mejor.
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“Los años que vivimos van tatuados, va tatuada la pena”.
Dale Loca- Fito Páez
Las distintas marcas, huellas, cicatrices, que llevamos en nuestro cuerpo nos dicen algo. Algo cambió, ya no somos los mismos, “nuestro cuerpo no es el mismo”.
Te hacés un tatuaje, te separás, adoptás un perro, tenés un hijo, te operás. Y ahí cambiás, cambiás vos, cambia tu vida, tu cuerpo, para siempre. También hay viajes que nos marcan en la vida. Puede ser que en vacaciones conozcas “el amor de tu vida”o consigas un trabajo que no te haga volver a tu ciudad.
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No sólo las personas son transitorias en mi ciudad, no sólo ellas pueden estar de paso por algunos de los tantos rincones que la componen, no sólos ellas son esperadas con ansias. Tampoco son las únicas en marcar el camino por los que otros han de andar.
De donde soy, existe un lugar donde muchos vamos a rezar pero no necesariamente a un dios, muchos vamos a reír y no justamente de otros, vamos a llorar sin siquiera derramar una lagrima, podemos pelearnos, discutir y putearnos con nadie más que con la vida o algo que tenga que ver con ella.
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Miro, sí. Observo detrás de mi ventana, esas dos señoras, que están ahí, quizás esperando el colectivo en esa esquina, o quizás tomaron ese lugar como punto de encuentro, parecen tener frío, una fuerte brisa cachetea sus mejillas…pero ellas siguen conversando como si nada, y yo pienso…¿de qué hablaran? ¿Serán viejas amigas? ¿Familiares? ¿O simplemente el tiempo las encontró en el mismo espacio, a la misma hora, y en el mismo lugar? ¿Será que tienen tantas cosas en común?? O simplemente se habrán encontrado por casualidad, paseando, haciendo compras, pagando cuentas!! Sigo pensando en ellas, mi mirada no me permite dirigirme hacia otro lugar…como charlan, y el colectivo que no llega! Tendrán frío? Hambre?
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Me sitúo en un lugar concurrido de la ciudad, pero esta vez como una cámara de observaciones. Como es de día y hay mucha luz, ya son aproximadamente las 12:30 del mediodía, mi mirada trata de seguir cuales son los diferentes propósitos y actitudes, por lo que la gente, circula por allí. La Plaza Príngles se ubica en la Peatonal Córdoba entre Presidente Roca y Paraguay; este es un muy buen lugar de encuentro ya que la plaza se ubica en un lugar estratégico para dirigirnos hacia distintos rumbos. Al ser un espacio verde también permite que los pocos que se animan, que en su mayoría son grandes, lleven a sus perros a hacer sus necesidades.
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No recuerdo exactamente si fue para hacer alguna reflexión acerca de la teoría conductista de Ivan Pavlov o para sugerir alguna advertencia de los aportes de Wilhelm Wundt.
Fue en una clase de Psicología, seguro. Fue en uno de los primeros años de la secundaria, seguro también. Fue hace ya unos cuantos años, y la huella permanece indeleble. Tan indeleble que es la marca que elegir relatar y que se revalida a cada momento en la facultad y en otros ámbitos.
La situación era, como ya dije, una clase de Psicología del secundario. Materia que por dictarse en una escuela religiosa evadía al "profano" Freud. El profesor, el psicoanalista Gabriel, dio la oportunidad al curso de hacerlo participar, para que dieran opiniones respecto de los temas que se estaban tratando esa mañana. Para estos tiempos, yo ya había dejado de pertenecer a la elite de los "mejores alumnos de la promoción", distinción que alcanzó su esplendor allá por cuarto grado de la primaria, cuando fui abanderado.
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